jueves, 27 de enero de 2011

En Memoria del Holocausto




Existe una noche larga de vergüenza y de tristeza,
una noche que oscureció la faz de la tierra,
una noche que fue lo peor de lo peor de la guerra
porque no fue sólo una lucha fratricida de fronteras
que de por sí ya es la mayor de las miserias,
fue una lucha del hombre contra el hombre
sin haber ninguna causa que realmente existiera,
sino por establecer un código de valor genético
en la sangre que corre caliente por nuestras venas.

Estúpido orgullo mal entendido en mentes
insanas, carentes de afectos y valores
que creyeron ser del mundo los elegidos,
los privilegiados, los hermosos, los mejores,
estableciendo categorías de razas puras
como si ellos tuviesen el derecho a elegir
siguiendo el obtuso dictado de sus mentes duras,
quien vivía y a quien se le quitaba la vida.
Triste humanidad que permaneció indolente
al horror y al martirio de millones de inocentes,
hombres, mujeres y niños de familias judías
que por seguir fielmente a la estrella de David
fueron condenados a poner fin a sus días
de la forma más violenta, más infame y más cruenta
que ser humano por razón alguna merecía.

Y crecimos generaciones escuchando los horrores
de abuelos, padres, niños, muchachos y jóvenes
que se encontraron un día de cara con la muerte
sin poder siquiera rebelarse, caminando atados
a un destierro de exterminio de días contados,
dejando en el rostro del mundo una fea mancha,
una mancha eterna del lodo más negro,
ese que representa el odio y el pecado eterno,
la soberbia de unos pocos que pudieron tanto
y sumieron a un pueblo en el dolor y en el llanto.


Que nunca vuelva a conocer la tierra
el horror del Holocausto y de las guerras,
que podamos aprender de la tristeza
y no volvamos torpemente a tropezar
cien veces con la misma piedra…


María Elena Astorquiza V.
Santiago, 27 de Enero del 2011

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