Que el hielo de la noche
nunca cale en ti tan hondo
que llegue a enfriar
tus nobles sentimientos,
que tomes de la nieve
sólo su pálida belleza,
y que su blanca pureza
te ilumine e inunde de paz
tus pensamientos.
Que siempre tengas al dormir,
en la quietud de tu silencio
y viviendo en tu recuerdo,
la presencia sutil y cariñosa
de un abrazo sincero
que en su pecho amante
tus lágrimas recoja,
de unas manos que amorosas
acaricien tus cabellos y tu cuerpo
en aquellas noches oscuras y largas
en que tu alma se acongoja
porque parece tan negro el cielo.
Que esos besos que esperas
lleguen hasta ti ligeros,
impulsados por el viento
y entibiados por suspiros
de amor ardiendo,
y que sean para tu corazón
el bálsamo que alivie y haga breve
la soledad del crudo invierno.
María Elena Astorquiza V.
Santiago, 13 de Enero del 2011

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