Muchas veces siento en mi alma
el dolor agudo de la melancolía,
esta tierra que gime y tiembla
en un lamento que no cesa
me lleva a pensar en silencio,
en lo que quiere expresarnos
en un lenguaje de gestos, sin hablar,
en un manifiesto de actuar inquieto
que violento sacude el suelo,
que socaba los cimientos,
que saca al mar de su sueño,
que nos hace tristemente pensar
en que lleguemos al fin de los tiempos,
sin que alcancemos a hacer realidad
ese inmenso amor que vamos sintiendo.
Y luego parece venir la calma,
calma aparente que no alcanza
a quitarnos la angustia y el miedo
de perder a quien tanto amamos,
de perder todo lo que tenemos,
de ver esos tremendos dolores lejanos,
de quedarnos aislados por la noche
en un invierno oscuro, frío y eterno.
Y despierta la mañana clara
con un renuevo de esperanzas
de que esta incertidumbre acabe
y las sonrisas iluminen las caras
de aquellos que tanto sufren
con estos desahogos naturales
de una tierra que lastimada muestra
su dolor en contritos estertores,
que aunque nos quiera nos hiere
en sus demandas justas y declaradas
por el respeto a sus mal usados dones.
María Elena Astorquiza V.
Santiago, 17 de Marzo del 2011