miércoles, 9 de febrero de 2011

El mar, mi eterno amante




Puedo pasar horas sentada sola
mirando reventar mil veces las olas,
viendo al mar que viene y va,
sabiendo que a pesar de lo que pase
a mi lado siempre vuelve a llegar,
algunos días quieto como un lago
o bordado con frágiles olas blancas
que no alcanzan a llegar a la orilla
reventando coquetas muy adentro
y otros en que el fuerte viento
parece remecerlo desde la superficie
hasta sus oscuros cimientos,
haciendo que sus aguas entonces grises
empalidezcan de furia en su apuro
por mostrar su descontento.

A mí no me importa si el mar está calmo
o desesperado e inquieto,
le pertenezco por naturaleza
y por ello no lo objeto,
desde siempre lo amo y lo observo,
lo acompaño, lo acojo y lo entiendo
como a un amante fiel y eterno.

Es su aroma, su murmullo,
el ir y venir de su presencia,
la humedad de sus besos mojados
que la brisa me trae cual suspiros
de su pecho cansado,
o su llanto lastimero y salado
si tengo el corazón entristecido,
que se hacen parte de mi vida
y me impregnan de su esencia.

Y ya de regreso a mi tibia morada
entre ríos, valles y montañas,
su vivo recuerdo en mí se hace latente
acompañándome por donde quiera que vaya,
y en sus agitadas aguas verde transparentes
que han dejado cautiva para siempre a mi mirada,
encuentro esa fuente de paz que busca mi alma.



María Elena Astorquiza V.
Santiago, 7 de Febrero del 2011

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