Siempre aprendí que en la vida,
las cosas que mucho te gustan
saben mejor compartidas,
y me acostumbré a compartir de todo,
mis dulces, mis libros, mis juguetes,
todas mis cosas lindas y queridas.
La costumbre se hizo hábito
y el hábito se hizo norma,
y aunque dispusiera de muy poco,
compartía de cualquier forma.
Pero toda norma tiene su excepción,
hay tesoros que no comparto,
ni por cariño ni por razón,
ni siquiera apelando a mi conciencia,
podrías convencer a mi corazón.
Esos son los besos de tu boca,
que si me ofreciste ser yo la dueña,
son todos míos, aquellos que ya me diste
y esos con que todavía sueñas.
En eso no soy generosa ni buena,
y si tú los vas regalando al viento,
tengo que decirte lo que siento,
y aunque luego me muera de pena,
mis labios sellados serán tu condena….

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