En un pueblito de montaña
nevado entre el sol y la luna,
a la luz clara de la mañana
o de las melancólicas farolas
que de noche rompen la bruma.
En una de sus calles de subida
hay una casa alegre y sencilla
donde una hoguera encendida
entibia el ambiente y la cuna.
En el comedor la mesa puesta
y sobre ella el pan caliente,
té, café, agua y leche fresca,
galletas de mil colores
y manzanas con canela.
Y en la sala color madera,
un arbolito lleno de luces
con cintas entrelazadas
y en cada rama una esfera
envueltas en seda dorada.
Un coro de villancicos
que una vieja vitrola toca,
cubre de voces la noche
y hace más dulce la espera
por unos pasos de hombre
que ya sube las escaleras
con un beso tibio en la boca.