La
soledad total y completa,
esa
de no haber tenido cerca
a
nadie aunque se viviera
en
medio de una multitud,
esa
de no tener esa presencia
que
hiciera cortas las horas
y que
embelleciera los días
aunque
todo fuera quietud,
es
una soledad que duele
pero
es una soledad vaga,
una
soledad sin nombre,
en
cambio hay otra soledad
que sí lo tiene y no tan solo duele
sino
que también hiere y mata
y
es la soledad de una ausencia,
la
de la noche oscura en la mirada,
la
de esperar día a día una palabra
la
de las lágrimas que caen calladas,
la
de las preguntas sin respuesta,
la
de los besos que murieron
ahogados
en la boca,
la
de los suspiros que quedaron
atrapados
en el pecho,
la
de los sueños que no fueron,
la
de esas ansias tan locas de vivir
una
primavera en el invierno.
No,
no duele más la soledad de la calma
que
aquella que se vive por la ausencia
de
la dulce mirada y las tiernas palabras
de
aquel a quien se ha amado con el alma.

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