Sentada en la arena
sentía latir su pecho,
entrecerraba los ojos
y apretando sus caderas,
sonreía ella en silencio
reviviendo aquellos besos
que una vez él le diera.
No la cansaba el viento
ni el pasar de las horas,
a ratos y por momentos
con sus ojos muy abiertos,
seguía el romper de las olas,
el vaivén de las gaviotas
y de los pelícanos en vuelo.
Eran la brisa los suspiros
de su amante marinero,
el que llegó un día a su playa
siguiendo a los dos luceros
que coronaban sus mejillas,
timoneando sólo su velero
hasta encallar en sus orillas.

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