Ella dormía abandonada a sus sueños en el
borde de la cama como solía hacerlo cada noche. De su mesita de luz hacia el
pasillo, no quedaba más que la puerta siempre abierta, sin embargo esta vez
había una banqueta o una silla dónde un hombre sentado, sonriendo la
contemplaba. De pronto sintió que unas manos grandes y tibias acariciaban
suavemente sus mejillas y allí, en la oscuridad, vio al hombre que amaba.
Llevaba al cuello una bufanda clara que caía hacia un costado y la contemplaba con sus ojos llenos de
ternura. Ella al verlo, se incorporó en el lecho y él se levantó abriéndole los
brazos. Empinándose en la punta de sus pies, ella alcanzó su boca y por un
momento que quiso fuera eterno y en el que le pareció que el mundo daba vueltas
en silencio, ambos se fundieron en un profundo beso, que no era solo un beso de
dos bocas sino el beso de dos cuerpos fundiéndose en uno con ansias hasta perder el aliento.
Él la empujó dulcemente otra vez hacia la cama, la
cubrió con la sábana y volvió a sentarse junto a ella acariciándole otra vez
suavemente las mejillas.
Ella mirándolo, emocionada lloraba quedamente sobre
la almohada repitiéndole en silencio:
Es verdad, ahora sí es verdad, tú estás
aquí conmigo, eres tú quien me miraba…
Y él con amor calmo y maduro, sonriendo respondía:
Duerme,
duerme niña mía. Duerme mi dulce mariposa, duerme sola en tu suave capullo.
Porque
te amo tanto, porque soy tuyo, quiero hacer bien las cosas….

No hay comentarios:
Publicar un comentario