Me llamaste amor
y sentí en tus palabras
el amor de Dios.
Me llamaste luna
y desde entonces no hubo
una luna más pura.
Me llamaste estrella
y la noche en mi lecho
nunca más fue oscura.
Me llamaste cielo
y por quedarme en tus ojos
fui también cielo rojo.
Me llamaste beso
y ante tanta ternura,
se marchó el silencio.

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