Me enternece
recordar ese día
en que te conocí.
Se me quedaron
grabados en el alma,
tu dulce sonreír,
tus ojos,
tu mirada,
tu nombre,
tus palabras,
y hoy, aún después
de tantos años
en mi mente vuelvo
a ese febrero tibio
en que llegaste a mí
y como entonces,
sin quererlo,
se ahogan en mi boca
los suspiros,
revolotean en mi ser
las mariposas
y se me eriza la piel
cuando te veo venir.

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