Y quise darte no uno
sino mil y un abrazos,
apretados, estrechos
mirándote una y otra vez
mientras tú me hablabas
y yo quería solo un beso.
Tus labios balbuceaban
en un silencio que me hería,
mis ojos curiosos te miraban
hurgándote entero por dentro
y aún así, en esos momentos,
ni mis pupilas te miraban
ni tu boca me hablaba,
quien hablaba era el viento,
quien hablaba era el viento,
mis ojos se encandilaban
ante tu mirada clara
y tu voz ronca enmudecía
por tu temor sempiterno
a decir que me amabas
y así era tarde tras tarde,
día tras día y a pesar de todo,
cómo esperaba esas horas
en que sabía que vendrías.
Tú no me hablabas, yo no te oía,
sin embargo nunca hubo dos almas
que se amaran más que la tuya y la mía.

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