Caminaba por la playa
tras el sol que enceguecía
a mis pupilas de oro negro
encandiladas al mirarlo
sobre las aguas del mar
cuando la tarde caía.
El cielo se vistió de rojo
y solo entonces entendí
que esa luz que me cegaba
con destellos de esmeralda,
no era la del sol que se moría
sino la del verde de tus ojos.

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