Cuándo comencé a quererte,
por Dios que no lo recuerdo,
quizás fue una tarde de estío,
quizás te quise de siempre,
quizás si una noche de enero
en que paseaba junto al río
y se atravesaron tus pasos
en el sendero con los míos
y fue allí en que tus pupilas
me hicieron su prisionera,
me enamoré de tus ojos
y de tu mirada hechicera.
Recuerdo como temblaba
de la frente a las caderas
mientras me hablabas
y aunque nunca bebo vino,
y aunque nunca bebo vino,
me sentía lejana y mareada
como en dulce borrachera.
Al ver que tú me mirabas
enrojeció mi rostro indiscreto
como el sol que ya moría,
ya eran tuyas mis sonrisas,
ya eran tuyos mis secretos
y cuando nos despedimos
hasta vernos al otro día,
empecé a contar las horas
y entonces supe que te quería.
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